La tragedia golpea el corazón de Irak mientras las autoridades intentan identificar los cuerpos carbonizados de un incendio que expone no solo negligencia estructural, sino la fragilidad de los sistemas de emergencia en un país aún marcado por el caos institucional.
Bagdad, julio de 2025 —
La noche del martes, un voraz incendio arrasó el centro comercial Al-Waha en el este de Bagdad, dejando al menos 18 personas muertas, la mayoría completamente calcinadas e imposibles de identificar a simple vista. La escena, descrita por los servicios de defensa civil como “un infierno sin salida”, ha reavivado el debate sobre las fallas sistémicas en seguridad pública, regulación urbanística y protocolos de respuesta en Irak, uno de los países más castigados por la fragilidad estatal.
Según fuentes consultadas por Phoenix24 en la Media Luna Roja Iraquí y el Departamento de Defensa Civil, el fuego se propagó rápidamente por los cuatro pisos del inmueble, cuyos materiales de construcción y sistemas eléctricos presentaban irregularidades previamente denunciadas. El humo tóxico y la falta de salidas de emergencia funcionales contribuyeron a que muchos empleados y compradores quedaran atrapados sin posibilidad de escapar.
Los cadáveres, transportados al Instituto Médico Forense de Bagdad, han sido imposibles de reconocer debido al grado de carbonización. Las autoridades han solicitado a las familias de los desaparecidos acudir con muestras de ADN y documentos dentales. De momento, sólo tres cuerpos han podido ser identificados preliminarmente por efectos personales no quemados.
El Ministerio del Interior ha abierto una investigación por posible negligencia grave y violación de las normativas de protección civil. No obstante, expertos en seguridad urbana consultados por Phoenix24, incluyendo analistas del Iraq Body Count Project y la ONG noruega NRC, señalan que este tipo de tragedias son “crónicas anunciadas” en un contexto donde la corrupción administrativa y la falta de mantenimiento son moneda corriente.
“El problema no es el fuego, sino la falta de Estado”, declaró un oficial retirado del Ejército iraquí que prefirió mantener el anonimato. “Cada centro comercial en esta ciudad es una trampa. Las licencias se compran, los inspectores se sobornan y los extintores están vacíos desde hace años”.
Las imágenes difundidas por medios locales muestran a decenas de familiares esperando afuera del centro forense, llorando sin saber si los suyos están entre las víctimas. La escena contrasta con la reacción oficial, que ha sido percibida por muchos como fría y evasiva. Ningún alto funcionario del gobierno ha visitado aún el lugar de los hechos, lo cual ha generado indignación en redes sociales y convocatorias espontáneas de protesta en varios barrios de la capital.
Irak, un país con más de 40 millones de habitantes y con una infraestructura devastada por décadas de guerra, sanciones y disputas sectarias, enfrenta constantemente tragedias evitables. En 2021, un incendio en un hospital COVID-19 dejó 82 muertos por fallas eléctricas y sobrecupo de oxígeno. En 2023, una explosión en una refinería clandestina provocó la muerte de 34 personas en Basora. El patrón es el mismo: negligencia, impunidad, silencio.
Las tensiones sectarias también complican la investigación. Al-Waha está situado en una zona de mayoría chiita, lo que ha llevado a algunas voces a señalar que la respuesta tardía obedece a motivaciones políticas. Medios como Al-Araby Al-Jadeed y Middle East Eye han reportado que al menos seis de los fallecidos eran trabajadores inmigrantes del sur de Asia, lo que añade una dimensión de discriminación laboral y abandono a la tragedia.
Si las autoridades continúan sin asumir responsabilidad, este incendio pasará al archivo de tragedias sin justicia. Pero si las familias exigen verdad y reparación, podría abrirse un espacio para reformas institucionales en la gestión de riesgos urbanos. Un tercer escenario, menos probable pero no imposible, es que esta tragedia sea instrumentalizada políticamente por sectores opositores o milicias que buscan debilitar aún más al gobierno central de Bagdad.
Las llamas ya se apagaron, pero el humo de la desconfianza permanece suspendido sobre una ciudad donde el dolor suele ser anónimo, y la muerte, una noticia repetida.
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