Tras cuatro años como presidente de la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (Fedme), Alberto Ayora vive las horas previas al proceso electoral con la ambición de regresar a la presidencia. Al otro lado del teléfono, nos atiende en los aledaños de Teruel, donde avisa que puede haber problemas de cobertura durante la llamada: “Ya sabes lo de Teruel existe, ¿no? No hay ni Dios por aquí. Pero es superbonito”.
La gente de montaña tenéis fama de estar cómodos en una cierta soledad, pero la presidencia de una federación requiere don de gentes, ¿cómo has vivido estos años esta dualidad?
Soy militar, así que en mi vida profesional he tratado con mucha gente y me he movido por todo el mundo. Pero digamos que a nivel Federativo es todo más político. No me incomoda tratar con la gente y luego muchas veces encuentro esos momentos para viajar solo, que me dan equilibrio y tiempo para pensar. Me vienen bien esos espacios de meditación.
¿Cómo ha sido la experiencia más política del cargo?
Esa es la que peor llevo. Pero hay varios niveles de política. Al más alto nivel, el Consejo Superior de Deportes, el Comité Olímpico Español… y toda esa parte muy bien. Donde ha habido un poco más de fricción, y lo que peor he llevado personalmente, ha sido la relación con alguna federación autonómica. Porque entran en juego otro tipo de intereses y surgen algunas fricciones.
¿Qué has aprendido de estos años y qué te motiva para volver a la presidencia?
Creo que hemos transformado totalmente la Federación. Hemos realizado unos cambios trascendentales muy necesarios. Ahora somos una Federación que ya es olímpica en escalada, se viene La Cortina 2026 en el esquí de montaña, y luego es una Federación con un arraigo social muy importante. Estamos hablando de una Federación que tiene 3.000 clubes repartidos por toda España.
¿Cuáles fueron los grandes retos del mundo de la escalada en España que te encontraste?
Antes era como si tuvieras que seleccionar para una prueba de natación de 50 metros a alguien acostumbrado a una piscina de 30. Teníamos unos rocódromos interiores con unos techos que no eran de competición y el seleccionador me dijo: ‘Alberto, tenemos que hacer competiciones con parámetros internacionales’. Y ahí encontramos la complicidad de empresas que trabajaron muy bien desde el inicio y ahora también con Prensa Ibérica, que ha hecho que vayamos a tener esta Copa del Mundo en Madrid el año que viene. Tenemos la medalla de Oro de Alberto Ginés, pero faltaba algún revulsivo así vinculado a las competiciones. Y luego está el factor social. Somos la segunda federación en número de licencias femeninas a nivel español y hay que ponerlo en valor. Estos primeros cuatro años han sido para poner estas semillas y ahora falta seguir con esta labor y que crezca el árbol.
Una de las disciplinas que están creciendo más es la escalada, ¿cómo te explicas este boom?
Por un lado, a nivel internacional, al haber entrado en los Juegos Olímpicos el desarrollo ha sido muy grande. Date cuenta de que esto empieza en Tokio en 2021, se ha consolidado en 2024 en París y luego vendrá Los Ángeles 2028, con lo cual ha llegado para quedarse. Y además todos tenemos un componente genético: desde que nacemos a todos nos gusta subirnos a los árboles, a todos nos gusta trepar. Y se está viendo en los rocódromos: además de ser un deporte completo, es una sede social donde puedes estar con los amigos.
¿Cómo explicas tu relación con la montaña
A ver, yo nací en montaña. En un pueblecito que es La Seu d’Urgell, en Lleida. Luego me trasladé a Zaragoza y sigo viviendo en la montaña. ¿Y qué tiene la montaña? Pues yo siempre digo que la montaña saca lo mejor y lo peor de las personas. La naturaleza es una escuela de aprendizaje. Porque al final, si te equivocas, lo pagas. Si no has planificado vas a pasar frío, etc., etc. Al ser una experiencia extrema, las lecciones que aprendes también son extremas. La montaña te exige espíritu de sacrificio, solidaridad, compañerismo; te hace sacar unos valores que luego te sirven en la vida diaria. Pero también hay que tener en cuenta que es una fábrica de egos y lo más importante siempre es la humildad. Los egos crean conflictos.
Dices que las experiencias extremas sacan lo mejor y lo pero de cada uno, a nivel personal, ¿qué saca de ti?
Yo creo que la humildad de reconocer mis errores, que lo materialicé en mi primer libro. Es muy difícil encontrar a alguien que reconoce que se ha equivocado. Y el espíritu de sacrificio también te diría.
En una ocasión tuviste que volver a buscar a un compañero a 8.000 metros. ¿Cómo funciona la cabeza en situaciones de tanta dificultad?
Personalmente, hago un ejercicio de anticipación. Cuando voy con la expedición ya soy consciente de que eso puede suceder. Y ese compromiso interior lo llevo ya conmigo. Yo creo que en estas experiencias te das cuenta de que la mayoría de la gente es buena. Que la bondad existe, como se ha demostrado con la cooperación en la DANA. A veces nos centramos solo en las personas malas. Supongo que porque muchas de ellas acaban en puestos de alta responsabilidad y eso lo sufre todo el mundo.
¿Cuál ha sido la experiencia personal donde has sentido que tu vida estaba más en riesgo?
Yo creo que la de campo de hielo norte. Íbamos a hacer el pico más alto de la Patagonia y nos cogió un vendaval con vientos muy potentes. Íbamos con lo mínimo, con la comida de un solo día, y nos tuvimos que quedar en una cueva cuatro días con pocas posibilidades de supervivencia y afortunadamente se abrió una pequeña ventana de buen tiempo.
¿Te da miedo la muerte?
No, yo creo que lo tengo perfectamente asumido. Creo que soy una persona que vive intensamente el presente. En el ejército ya estaba haciendo actividades de riesgo y he vivido accidentes mortales de amigos y compañeros. Y en el grupo militar exactamente igual, así que lo tengo presente y no me da miedo.
¿Por una cuestión de fe o por la aceptación de la muerte como parte de la vida?
Por la aceptación que la muerte forma parte de la vida.
¿Qué hace que la gente se juegue la vida en la montaña?
Las pasiones humanas son un misterio. Hay que gente que se juega la vida por subir a un pico y ni siquiera sabe explicar el porqué. Es una pulsión y un forma de vida también. Pero luego hay gente inconsciente que se juega la vida de una forma temeraria. En mi caso, la montaña da sentido a mi vida. Entonces, cuando voy a una expedición, no pienso que vaya a morir porque trato de minimizar los riesgos.
¿Por qué le da sentido a la tuya?
Es como si tú le preguntas a Rafa Nadal, por qué le da sentido el tenis. Es lo que me da satisfacción, donde me siento yo mismo, más vivo, más presente, donde me conozco mejor. Es una de las experiencias más intensas. Al final, en la montaña he desarrollado lo que da más sentido a mi vida, que es la seguridad. El evitar accidentes y luego compartir ese aprendizaje con la gente.(S).