Una conversación entre lenguas, memoria y resistencia literaria.
Barcelona, octubre de 2025
Cuando la Academia Sueca anunció el nombre de László Krasznahorkai como nuevo Premio Nobel de Literatura, pocos fuera de Europa Central imaginaron que parte de ese reconocimiento también pertenecía, en silencio, a su traductor al español: Adan Kovacsics. Nacido en Santiago de Chile y radicado en Barcelona desde hace décadas, Kovacsics ha construido un puente entre el húngaro y el castellano que hoy se revela esencial para comprender una de las obras más complejas y visionarias de la narrativa contemporánea.
El traductor conoce de memoria las cadencias de Krasznahorkai, su ritmo hipnótico y sus párrafos extensos, que desafían al lector tanto como al propio idioma. “No es una lectura complaciente”, reconoció en una entrevista reciente. “Su literatura te arrastra, te exige acompañar una mente que piensa el mundo en espirales, no en líneas.” Esa descripción resume una relación creativa de más de veinte años, en la que Kovacsics ha convertido lo intraducible en respiración propia, sin que el texto pierda su vértigo ni su precisión filosófica.
Krasznahorkai, autor de obras como Melancolía de la resistencia y Guerra y guerra, pertenece a una tradición literaria que combina fatalismo, teología y humor oscuro. Su prosa desafía las fronteras convencionales del tiempo narrativo y se adentra en las obsesiones del siglo XXI: la violencia, la incomunicación y el colapso moral del progreso. Traducirlo no es tarea mecánica, sino un ejercicio de inmersión existencial. Kovacsics lo sabe y lo asume con naturalidad: “Traducirlo significa aceptar su respiración, aprender su lógica, y al mismo tiempo recordar que el español no puede ser un espejo pasivo. Hay que reinventar el ritmo para que suene verdadero en otra lengua.”
Esa reinvención ha convertido al traductor en un referente dentro del mundo editorial iberoamericano. Su nombre aparece en catálogos de editoriales independientes que han apostado por la literatura centroeuropea: El Acantilado, Pre-Textos, Minúscula. Gracias a su trabajo, autores como Imre Kertész, Sándor Márai y el propio Krasznahorkai encontraron lectores en el ámbito hispanohablante, abriendo un corredor cultural entre Budapest y las ciudades de habla española.
El reconocimiento del Nobel confirma esa influencia. En librerías de Madrid, Buenos Aires y Ciudad de México, las reediciones de las obras del autor húngaro se agotaron en cuestión de días. Kovacsics, fiel a su estilo discreto, ha evitado protagonismos. Pero en círculos literarios se le considera una figura central para entender la transmisión de una estética que combina el pensamiento barroco y la desesperación moderna. “Krasznahorkai escribe como si el mundo estuviera a punto de romperse”, explicó el traductor. “Y mi tarea es lograr que esa fractura se escuche también en español.”
Más allá del dominio lingüístico, la afinidad entre ambos se sustenta en una visión compartida del lenguaje como territorio ético. Ambos desconfían de la velocidad de la información y de la superficialidad narrativa contemporánea. En tiempos de lecturas fragmentadas, su literatura —y su traducción— se erige como un acto de resistencia contra la prisa. Leer a Krasznahorkai, dice Kovacsics, “es detener el reloj, escuchar la frase hasta el fondo, aunque duela.”
El traductor no ha trabajado solo. Pertenece a una generación de mediadores culturales que han renovado la manera de leer Europa del Este desde el mundo hispano. Su labor se extiende también al ensayo y a la docencia: ha impartido seminarios sobre teoría de la traducción en universidades de España y América Latina, defendiendo la idea de que traducir no es reproducir, sino interpretar con fidelidad creativa. Esa noción, hoy reivindicada por los estudios literarios, se manifiesta en cada una de sus versiones: la voz del autor y la del traductor dialogan como dos instrumentos que suenan en una misma sinfonía.

En Hungría, la noticia del Nobel ha sido celebrada como una reivindicación cultural y política. En España, en cambio, ha servido para redescubrir la importancia del traductor como figura literaria. Críticos de revistas especializadas subrayan que sin Kovacsics, la complejidad de Krasznahorkai habría permanecido encerrada en un círculo de lectores eruditos. “Ha hecho que el idioma húngaro suene natural en español sin perder su rareza”, escribió un ensayista catalán. Esa paradoja —la de volver cercana una lengua ajena— define el arte silencioso de traducir.
Kovacsics confiesa que sigue trabajando con el mismo método artesanal de siempre: un cuaderno, lápiz, diccionario y largas caminatas para encontrar la cadencia justa. “Caminar me ayuda a pensar el ritmo de las frases”, dice. “Cada paso es una respiración de la traducción.” En su estudio, entre pilas de libros y papeles, el Nobel de su autor no altera su rutina. “Sigo traduciendo con la misma lentitud. No sé hacerlo de otra forma.”
Su trabajo recuerda una verdad esencial: los premios reconocen a los escritores, pero la literatura se construye entre lenguas. En ese espacio invisible, donde una palabra encuentra su eco en otra, se libra la verdadera batalla del sentido. Adan Kovacsics la libra desde el silencio, con la precisión de quien sabe que toda gran traducción es una forma de fidelidad que no se ve, pero se siente en cada línea.
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