Home CulturaVenecia, el arte y la frontera moral de la guerra

Venecia, el arte y la frontera moral de la guerra

by Phoenix 24

La cultura nunca es neutral en tiempos extremos.

Venecia, marzo de 2026

La exigencia de Ucrania para que la Bienal de Venecia excluya la participación de Rusia no es una simple protesta diplomática dentro del circuito cultural europeo, sino una disputa más profunda sobre el papel del arte en medio de una guerra que ha roto fronteras militares, energéticas y simbólicas. Lo que está en juego no es solo la presencia de un pabellón nacional en una de las vitrinas más prestigiosas del arte contemporáneo, sino la pregunta de si una plataforma global puede seguir apelando a la universalidad estética cuando uno de sus participantes representa a un Estado inmerso en una invasión prolongada. En ese punto, la controversia deja de pertenecer únicamente al mundo de los museos y entra en el terreno más áspero de la legitimidad política. La cultura, una vez más, aparece como zona de prestigio, pero también como instrumento de normalización.

La posición de Kiev parte de una premisa clara: permitir el regreso de Rusia a la Bienal equivale, aunque no se diga así, a suavizar el costo reputacional internacional de la guerra. La protesta ucraniana se activó después de que se confirmara la participación rusa por primera vez desde la invasión a gran escala iniciada en 2022, una decisión que fue presentada por las autoridades culturales ucranianas como moralmente inadmisible en un momento en que Moscú sigue utilizando no solo la fuerza militar, sino también recursos diplomáticos y simbólicos para reinsertarse en espacios globales. El argumento tiene peso porque no se limita a denunciar al Estado ruso en abstracto, sino que subraya una lógica ya conocida en otros conflictos: cuando los canales políticos se deterioran, la cultura se vuelve una vía alterna de rehabilitación internacional. No hace falta levantar banderas oficiales en un foro diplomático si el prestigio puede filtrarse mediante curadurías, pabellones y discursos sobre apertura artística.

Desde la óptica de la Bienal, sin embargo, el dilema se presenta bajo otra fórmula. Sus organizadores han defendido históricamente la idea de que el arte debe resistir exclusiones automáticas y preservar un espacio de intercambio incluso en contextos de alta polarización. Esa postura busca proteger a la institución de convertirse en tribunal geopolítico, pero también la expone a una contradicción evidente: en la práctica, ninguna gran plataforma cultural internacional opera fuera de la historia. La Bienal no es un recinto aislado del mundo, ni una cápsula neutral donde las naciones aparecen despojadas de poder, violencia o estrategia. Cada pabellón nacional es, de hecho, una forma de representación estatal, y esa arquitectura convierte al evento en una geografía simbólica del orden internacional. Por eso la discusión no trata solo de artistas individuales, sino del valor político de permitir que un Estado regrese a escena bajo la cobertura del universalismo cultural.

Ahí reside la tensión central. Quienes piden excluir a Rusia sostienen que el arte no puede funcionar como lavado estético en medio de una guerra activa, sobre todo cuando Ucrania sigue padeciendo destrucción material, desplazamiento y trauma social. Quienes rechazan la exclusión temen que el precedente consolide una lógica de veto cultural que termine erosionando la autonomía de las instituciones artísticas. Ambas posiciones contienen una incomodidad real, pero no pesan del mismo modo en el contexto actual. La autonomía cultural es un valor importante, aunque pierde pureza cuando se confronta con estructuras estatales que utilizan toda forma de presencia internacional para disputar percepción, legitimidad y memoria. En otras palabras, la neutralidad estética se vuelve más difícil de sostener cuando una guerra ya ha contaminado el espacio entero de representación.

El caso veneciano también revela algo más amplio sobre el sistema cultural occidental. Durante años, museos, bienales y festivales defendieron una narrativa cosmopolita en la que la circulación de obras y artistas parecía confirmar que la cultura podía seguir conectando mundos incluso cuando la política fallaba. Esa visión, seductora en tiempos de relativa estabilidad, hoy tropieza con un entorno donde sanciones, guerras, boicots y campañas de presión atraviesan todos los circuitos globales. Lo sucedido en Venecia confirma que el arte ya no puede refugiarse cómodamente en la ficción de estar por encima del conflicto. Más bien, está siendo arrastrado hacia una fase en la que toda invitación, toda exclusión y toda presencia serán leídas como señales de alineamiento. El museo global, por decirlo sin rodeos, también se ha convertido en un campo de batalla reputacional.

Además, esta controversia conecta con una tendencia más amplia visible en Europa, América del Norte y Medio Oriente: la creciente imposibilidad de separar cultura, diplomacia y guerra informativa. Los Estados ya no disputan únicamente territorio o acceso a mercados, también pelean por el marco moral desde el cual el mundo interpreta sus acciones. En ese juego, un festival prestigioso vale más que una simple agenda artística. Vale como termómetro de aceptación, como emblema de retorno y como mensaje para élites culturales, económicas y políticas. De ahí que la reacción ucraniana no sea un gesto periférico ni un exceso emocional, sino una lectura estratégica del momento: permitir que Rusia vuelva a ciertas plataformas antes de una transformación sustantiva del conflicto puede ser leído como un adelanto simbólico de normalización.

La pregunta final no es si el arte debe vivir subordinado por completo a la guerra, sino si las instituciones culturales pueden seguir fingiendo que su arquitectura internacional no produce efectos políticos concretos. Venecia enfrenta precisamente ese punto ciego. Excluir a Rusia implicaría asumir una posición explícita en nombre de un criterio moral y geopolítico. Mantenerla dentro implica asumir otra, aunque se disfrace de apertura institucional. En tiempos ordinarios, esa ambigüedad puede presentarse como sofisticación liberal. En tiempos de guerra, empieza a parecer una comodidad estratégica. Y cuando la cultura se convierte en escenario de legitimación, la verdadera discusión ya no es quién exhibe, sino qué tipo de mundo se está ayudando a normalizar desde el acto mismo de exhibir.

La narrativa también es poder. / Narrative is power too.

You may also like