En las calles, el dato ya se volvió percepción; en los hogares, la percepción ya es hábito.
Ciudad de México, octubre de 2025
La más reciente encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía reveló que el 63 % de la población mexicana que habita en zonas urbanas considera inseguro vivir en su ciudad. El índice, correspondiente al tercer trimestre de 2025, representa el nivel más alto de percepción de riesgo desde 2018 y supera en casi cinco puntos porcentuales los registros del año anterior.
El informe indica que las mujeres encabezan la sensación de temor, con 68 % de respuestas afirmativas frente al 56 % de los hombres. Los espacios donde el miedo es más intenso son el transporte público, las calles poco iluminadas y las carreteras interurbanas, lugares que la población identifica como escenarios de riesgo cotidiano. Los niveles más altos de inseguridad percibida se registran en Culiacán, Irapuato y Chilpancingo, mientras que municipios como San Pedro Garza García y Piedras Negras reportan los valores más bajos.

El dato resuena porque coincide con una narrativa oficial que presume reducción en homicidios y delitos de alto impacto. El Gobierno federal destacó que los asesinatos dolosos descendieron más del 30 % respecto a 2024. Sin embargo, la brecha entre las estadísticas y la percepción ciudadana muestra que la seguridad no solo se mide en cifras, sino en confianza. El temor no disminuye con gráficas, disminuye cuando la vida cotidiana se siente protegida.
Para la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, México se mantiene entre los países latinoamericanos con mayor desfase entre realidad criminal y percepción subjetiva de riesgo. Expertos de la Universidad de Columbia atribuyen esta distorsión a un fenómeno de fatiga social ante la exposición mediática constante a violencia urbana, lo que genera una forma de ansiedad colectiva difícil de revertir solo con políticas represivas. En Europa, el European External Action Service califica la situación mexicana como “caso paradigmático de brecha entre institucionalidad y sensación de seguridad”, donde las reformas no se traducen de inmediato en bienestar emocional.
A nivel local, sociólogos de la UNAM y del Colegio de la Frontera Norte detectan tres tendencias que explican el incremento: la persistencia del crimen organizado en zonas intermedias, la inseguridad de género en el espacio público y la creciente difusión de videos de violencia en redes sociales sin contexto verificado. Esa amalgama de miedo y desinformación construye una realidad paralela que influye en decisiones tan básicas como el horario en que se sale a comprar o el uso de transporte nocturno.
En la zona centro del país, la percepción de inseguridad ha modificado hábitos de movilidad. El 40 % de los entrevistados reconoce evitar llevar efectivo o objetos de valor, y el 35 % ha limitado la presencia de menores en espacios públicos. Esa transformación de conductas cotidianas se traduce en una contracción indirecta de la vida urbana: menos consumo, menos interacción y más encierro preventivo.

El Banco Interamericano de Desarrollo, en un estudio paralelo, señala que la percepción de inseguridad es ya uno de los principales obstáculos para la inversión privada en ciudades intermedias. La desconfianza en el entorno reduce el flujo de capital local y altera la planificación urbana. En ese sentido, el fenómeno no solo impacta la vida social, sino la estructura económica y territorial del país.
El aumento de miedo no implica inevitablemente un colapso, pero sí una advertencia sobre la distancia entre gobernabilidad y vida diaria. Mientras las instituciones se enfocan en métricas, la ciudadanía mide su seguridad en sensaciones. Esa disonancia explica por qué en barrios donde los delitos han bajado, el temor sigue intacto. La memoria colectiva de violencia tarda más en bajar que las estadísticas del mes anterior.
El reto para el Estado mexicano ya no es solo garantizar presencia policial, sino recomponer confianza psicológica. Expertos en seguridad del Instituto Brookings afirman que el éxito de las políticas públicas en materia de seguridad se medirá por la capacidad de reducir esa brecha emocional y restablecer la sensación de control sobre lo cotidiano.
Mientras las cifras describen porcentajes, las personas hablan en primera persona: de sustos reales, calles vacías y rutinas ajustadas. En ese punto silencioso donde las estadísticas se vuelven vivencias, México mide su verdadero pulso de seguridad.
Hechos que no se doblan. / Facts that do not bend.