En el umbral entre adolescencia y adultez, muchos estudiantes neurodivergentes cargan también con dilemas emocionales que superan los estándares del entorno académico.
Nueva York, agosto de 2025 — Un nuevo estudio de la Universidad de Binghamton revela que los estudiantes universitarios con autismo sufren tasas significativamente más elevadas de ansiedad y depresión que sus compañeros no autistas. Los investigadores analizaron respuestas de casi 150,000 estudiantes en más de 340 instituciones de Estados Unidos y Canadá, con resultados alarmantes: un 64,5 % de estudiantes con autismo reportó ansiedad, frente a menos del 10 % en el resto; la depresión afectó a casi la mitad, frente a menos del 8 % de sus pares.
Para Diego Aragon-Guevara, autor principal del estudio, los hallazgos “son realmente impactantes” y evidencian que esta población ha estado históricamente marginada en la investigación sobre salud mental. Su colega Jennifer Gillis Mattson subraya que muchas políticas institucionales se enfocan únicamente en ajustes académicos para personas autistas, pero dejan de lado las condiciones emocionales coexistentes. Esa omisión incrementa el riesgo de crisis emocionales en entornos que no contemplan el bienestar integral de los estudiantes.

El estudio también reveló diferencias por género: las mujeres autistas presentaron tasas aún más elevadas de ansiedad y depresión que los hombres, lo que plantea la necesidad de respuestas sensibles que reconozcan la intersección entre neurodivergencia y género.
Aunque el trabajo se centró en Norteamérica, sus conclusiones tienen resonancia global. Investigaciones en otros países europeos han mostrado que los estudiantes con autismo enfrentan barreras sensoriales y socioculturales —como aulas abarrotadas o ambientes ruidosos— que elevan el riesgo de abandono académico e intensifican la sensación de aislamiento.
A nivel clínico, la prevalencia de ansiedad y depresión entre personas con autismo es muy superior al promedio general. Muchos no reciben diagnóstico ni tratamiento adecuado debido al fenómeno de “sombreado diagnóstico”, en el que los síntomas de salud mental se atribuyen erróneamente al propio autismo, impidiendo una intervención precisa.

El panorama expone un dilema ético y operativo para las universidades: la inclusión no puede limitarse a la pedagogía. Los investigadores advierten que el éxito académico de los estudiantes autistas depende tanto de adaptaciones en el aula como de redes sólidas de apoyo psicológico y social. Solo así podrán vivir la experiencia universitaria como un proceso de crecimiento, en lugar de una batalla constante por sobrevivir.
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