El crecimiento se mantiene… por ahora, pero las grietas emergen bajo la superficie.
París/Basilea, julio de 2025 — Durante más de un año, la economía mundial ha resistido una tormenta perfecta: alta inflación, endurecimiento monetario y tensiones comerciales crecientes. Sin embargo, lo que parecía una estructura sólida empieza a mostrar fisuras. Organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional advierten que, pese a una leve mejora en las proyecciones de crecimiento para 2025, el entorno sigue amenazado por riesgos persistentes, especialmente el recrudecimiento del proteccionismo y el debilitamiento de la arquitectura financiera global.
El Banco de Pagos Internacionales ha descrito la coyuntura actual como un “momento crucial” para la economía mundial. El aumento del endeudamiento público, la rigidez en las cadenas de suministro y la creciente fragmentación del comercio internacional podrían erosionar las bases institucionales que sustentaron el crecimiento desde la pospandemia. A su vez, el Banco Mundial y la OCDE han proyectado un crecimiento global cercano al 2,3 % para este año, el nivel más bajo en casi dos décadas. La resiliencia, si bien presente, parece estar desgastándose bajo la presión de fuerzas estructurales.
Los países en desarrollo enfrentan una vulnerabilidad aún mayor. América Latina, partes de Asia y África subsahariana se encuentran particularmente expuestas a choques externos, al aumento del costo financiero y a la desaceleración del comercio internacional. La falta de acceso equitativo a líneas de crédito, combinada con una deuda soberana creciente, amenaza con profundizar desigualdades estructurales y limitar márgenes de maniobra fiscal en contextos de alta demanda social.
El regreso de políticas comerciales proteccionistas se ha convertido en uno de los principales obstáculos. En Estados Unidos, los aranceles sobre insumos estratégicos y productos intermedios han elevado los costos de producción y ralentizado la inversión privada. En Europa, la fragmentación normativa impide la consolidación de cadenas logísticas resilientes, mientras que en Asia, la desaceleración de China —con una tasa de crecimiento inferior al 4 %— está afectando a los países altamente dependientes de sus exportaciones.

A nivel financiero, la deuda pública global ha alcanzado niveles récord. En las economías avanzadas, la relación deuda/PIB supera el 100 %, mientras que en los países emergentes continúa aumentando sin un marco claro de sostenibilidad. Este entorno restringe severamente las opciones de política fiscal en un momento en el que se requieren inversiones estratégicas en infraestructura, transición energética y sistemas de protección social.
Ante este panorama, el consenso entre organismos internacionales es firme: se necesita una respuesta multilateral coordinada. El FMI ha instado a resolver las tensiones comerciales mediante mecanismos institucionales, mientras que la OCDE y el BIS subrayan la urgencia de fortalecer la autonomía de los bancos centrales y de diseñar marcos de reestructuración de deuda más justos y transparentes. La ONU, por su parte, ha llamado a proteger las cadenas de suministro críticas frente a posibles disrupciones geopolíticas.
Pese al pesimismo moderado, algunos indicadores aún muestran señales de resistencia. La demanda de crédito sigue activa en ciertos sectores, la inversión en tecnologías limpias mantiene su ritmo y varias economías emergentes conservan niveles aceptables de bancarización y consumo interno. Pero estos focos de fortaleza conviven con una fragilidad sistémica que podría quebrarse ante cualquier evento disruptivo —desde una crisis energética hasta una escalada comercial inesperada.
Evitar una década de crecimiento débil e inestabilidad requiere decisiones audaces. Las políticas públicas deben apuntar a estimular la productividad sin provocar inflación, diversificar las fuentes de financiamiento y reconfigurar los esquemas de comercio para hacerlos más resilientes y menos excluyentes. No se trata de esperar un rebote automático, sino de diseñar un nuevo equilibrio global que no dependa únicamente de la resistencia pasajera del sistema.
Porque si la resiliencia se desgasta sin renovación, lo que queda no es estabilidad, sino vulnerabilidad disfrazada de continuidad.
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