Malos olores y riesgos para la salud se multiplican en todo el mundo por sistemas de climatización mal mantenidos; un fenómeno ignorado por la agenda pública pero crítico para la salud urbana
Ciudad de México, julio de 2025 — En un mundo marcado por temperaturas extremas, olas de calor sin precedentes y una urbanización acelerada, el aire acondicionado se ha convertido en un símbolo de confort indispensable. De oficinas a hospitales, de hogares a centros comerciales, los sistemas de climatización son ya parte de la infraestructura vital del siglo XXI. Sin embargo, detrás de la aparente frescura que proporcionan, se esconde un problema creciente que ha comenzado a inquietar tanto a expertos en salud ambiental como a organismos internacionales de sanidad: los malos olores y los contaminantes que se generan en el interior de estos equipos cuando su mantenimiento es deficiente o nulo.
Según un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 60% de los sistemas de aire acondicionado instalados en países de renta media y alta presentan acumulación de bacterias, hongos o materia orgánica en sus conductos internos. El fenómeno, lejos de ser anecdótico, tiene implicaciones directas en el incremento de enfermedades respiratorias, alergias y malestares crónicos que, a menudo, son erróneamente atribuidos al entorno externo o a virus pasajeros.
En entrevista con Phoenix24, expertos del Center for Climate and Health del CSIS en Washington D.C. subrayan que “la calidad del aire interior se ha convertido en un eje estratégico para la salud global, particularmente en contextos post-pandémicos donde pasamos hasta el 90% del tiempo en espacios cerrados.” La misma fuente advierte que muchos edificios modernos no cuentan con protocolos adecuados de desinfección ni con sensores para detectar la acumulación de compuestos orgánicos volátiles, lo que genera un ambiente tóxico aunque climatizado.
En términos más cotidianos, el mal olor que emana del aire acondicionado —frecuentemente descrito como “a humedad”, “a encierro” o incluso “a vinagre”— es un signo de alerta que muchas personas ignoran. De acuerdo con estudios técnicos realizados por Kaspersky Labs sobre entornos digitales e infraestructura doméstica conectada (IoT), algunos sistemas de aire acondicionado modernos ya incorporan inteligencia artificial para detectar fallas mecánicas, pero no están aún programados para advertir al usuario sobre riesgos biológicos o químicos acumulados en los filtros.
En Asia, particularmente en regiones urbanas de alta densidad como Seúl, Singapur y Tokio, las autoridades han comenzado a emitir recomendaciones específicas para el mantenimiento de sistemas de climatización, sobre todo en escuelas y hospitales. La agencia surcoreana de control ambiental advirtió en un comunicado de abril de 2025 que “el incremento en alergias infantiles y dermatitis atópica está correlacionado con el uso prolongado de aires acondicionados sucios durante la primavera y verano”.
En Medio Oriente, donde el uso del aire acondicionado es esencial para la supervivencia, se han reportado casos extremos. Según datos de Al Jazeera Investigations, algunas instalaciones públicas en países del Golfo Pérsico han sido clausuradas por el Ministerio de Salud al detectar cepas activas de Legionella pneumophila, la bacteria responsable del llamado “Síndrome del Edificio Enfermo”. Este tipo de incidentes, aunque no ampliamente cubiertos por la prensa occidental, revelan una fragilidad estructural en entornos altamente dependientes del aire acondicionado.
Mientras tanto, en América Latina, donde la infraestructura eléctrica es muchas veces inestable y el mantenimiento preventivo suele dejarse de lado, el problema adquiere otra dimensión. Según datos recopilados por el Peterson Institute for International Economics, los costos ocultos en salud pública derivados del mal uso del aire acondicionado podrían superar los 1.200 millones de dólares anuales en la región. Esto incluye no solo tratamientos médicos, sino pérdidas laborales por ausentismo y caída en la productividad derivada de ambientes contaminados o con olores desagradables.
No son solo las bacterias las que amenazan la frescura artificial. Compuestos como el formaldehído y los ftalatos, comunes en plásticos y materiales de construcción, también pueden ser liberados por el calor interno de los sistemas de ventilación si estos no están bien aislados. Phoenix24 consultó a especialistas del MIT Media Lab, quienes alertan que el efecto acumulativo de estas sustancias en espacios cerrados “puede tener implicaciones neurológicas a largo plazo, especialmente en niños y adultos mayores”.
Frente a este panorama, la solución no pasa únicamente por cambiar los filtros o limpiar las rejillas. Se requiere un cambio de paradigma en la forma en que concebimos el confort térmico y su vínculo con la salud. La ventilación natural, el uso de materiales no tóxicos en interiores, y el desarrollo de sistemas inteligentes que integren monitoreo ambiental en tiempo real, deben formar parte de una nueva agenda global urbana.
La paradoja del siglo XXI parece estar en que aquello que nos da alivio frente al clima, también puede enfermarnos si no se gestiona con responsabilidad. Mientras millones de personas confían ciegamente en el botón del control remoto para protegerse del calor, el verdadero riesgo podría estar infiltrándose silenciosamente por las mismas rejillas que nos prometen bienestar.
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