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Uzbekistán convierte el oro en margen de maniobra

by Phoenix 24

El oro compra tiempo cuando el mundo tiembla.

Taskent, febrero de 2026

Uzbekistán acaba de alcanzar un nuevo techo en sus reservas internacionales, cerca de 75.000 millones de dólares, y el dato importa menos por el volumen que por su composición. En un entorno donde la volatilidad dejó de ser anomalía y se volvió rutina, la arquitectura de reservas se lee como una declaración de intenciones. El país está reforzando su capacidad de absorber golpes externos sin sacrificar estabilidad interna, y lo hace con un activo que vuelve a ocupar el centro del tablero: el oro. Cuando la confianza global se fragmenta, los bancos centrales tienden a preferir activos que no dependan de promesas ajenas.

El salto reciente desde niveles en torno a 66.300 millones, registrado semanas antes, sugiere que la variación no es solo contable, sino también de precio y estrategia. La pieza dominante es clara: aproximadamente el 85 por ciento de las reservas está en oro, un peso extraordinariamente alto para estándares internacionales. Esa concentración no es gratuita, porque eleva la exposición a cambios de cotización, pero ofrece otra clase de ventaja: reduce la dependencia de instrumentos financieros sujetos a riesgo político, sanciones o crisis de confianza. En lenguaje de poder, un banco central que puede sostenerse con metal tiene más libertad para negociar con el mercado.

El Consejo Mundial del Oro sitúa a Uzbekistán con unas 380,4 toneladas, lo que lo coloca en el lugar 17 entre los tenedores oficiales. No es una cifra diseñada para competir con los gigantes, pero sí para proyectar disciplina de balance. El banco central insiste en que el objetivo no es escalar posiciones, sino mantener un colchón robusto con enfoque de largo plazo. Esa precisión es importante, porque convierte la reserva en política pública más que en gesto nacionalista. En épocas de estrés, los mercados premian menos el orgullo y más la previsibilidad.

La institución adopta el marco clásico que el Fondo Monetario Internacional promueve en gestión de reservas: seguridad, liquidez y rentabilidad, en ese orden. Es una jerarquía que suena conservadora, pero en realidad es pragmática, porque la liquidez es lo único que se necesita de inmediato cuando hay pánico. Un portafolio que persigue rendimiento sin considerar capacidad de respuesta se vuelve una trampa si el shock llega antes de poder deshacer posiciones sin pérdida reputacional. Por eso el banco central afirma que no reacciona de forma impulsiva a la volatilidad del oro. La disciplina, aquí, es evitar decisiones de corto plazo que después obliguen a medidas más dolorosas.

Hay un detalle que revela la lógica de soberanía financiera: Uzbekistán asegura que custodia todo su oro dentro del país, en cámaras del propio banco central. Esto reduce riesgos asociados a custodios externos, disputas legales y eventos de crédito o bloqueo operativo. La contracara es que exige capacidades de seguridad, logística y control institucional sostenidas, porque el activo no se delega, se protege. En un mundo donde los riesgos ya no son solo financieros, sino geopolíticos, la cadena de custodia también se vuelve una variable estratégica. Tener reservas no es solo poseerlas, es poder acceder a ellas en el momento crítico.

La forma de acumulación refuerza ese enfoque. La legislación local otorga al banco central derecho preferente para comprar el oro producido en el país, de modo que la minería alimenta directamente la reserva. Esa ventaja, sin embargo, tiene un costo macroeconómico potencial: comprar oro con moneda local inyecta liquidez y puede presionar la inflación. Para neutralizarlo, la autoridad monetaria afirma que vende divisas en el mercado interno para absorber el exceso, buscando evitar efectos indeseados sobre precios y tipo de cambio. Esta es la parte menos visible del relato, y también la más exigente: acumular sin desordenar la economía doméstica. En reservas, el éxito es lograr robustez sin crear fragilidad interna.

Aunque el oro domina, la diversificación está presente como ingeniería gradual, no como slogan. El banco central señala que ha ampliado su cartera hacia instrumentos de renta fija, con apoyo técnico del Banco Mundial a través de un programa de fortalecimiento de gestión de reservas. En paralelo, reconoce una posición relevante en valores del Tesoro estadounidense, cercana a 1.500 millones de dólares, que funciona como liquidez de alta calidad. También reporta depósitos en divisas distribuidos en 16 países y 35 bancos internacionales con calificación alta. Ese entramado tiene una lógica simple: redundancia. Cuando todo se vuelve incierto, la redundancia deja de ser ineficiencia y se convierte en seguro.

Las métricas de suficiencia explican por qué la autoridad monetaria considera que el colchón es defendible ante escrutinio externo. Bajo parámetros usados por el Fondo Monetario Internacional, se afirma que las reservas cubren alrededor de 17 meses de importaciones, un nivel cómodo frente a umbrales tradicionales. Asimismo, se indica que el stock equivale a 4,4 veces la deuda externa de corto plazo con vencimiento en un año. Y, según el indicador ARA del mismo organismo, se ubicaría aproximadamente en 3,4 veces el umbral recomendado. Estas cifras no son decoración, son mensajes a acreedores e inversionistas sobre capacidad de pago y resistencia a shocks de balanza de pagos. La suficiencia no evita crisis por sí sola, pero sí reduce la probabilidad de un colapso desordenado.

Leído en clave global, el caso uzbeko es un síntoma de una tendencia más amplia: el oro vuelve a ganar espacio cuando la confianza en activos tradicionales se discute con lenguaje de riesgo político, no solo con modelos financieros. En ese contexto, la pregunta decisiva no es si Uzbekistán tiene demasiado oro, sino si puede transformar ese stock en capacidad de acción sin detonar alarmas. La prueba real llegará cuando el ciclo global se endurezca y el banco central deba mover piezas, usar liquidez o defender estabilidad cambiaria sin que el mercado interprete el movimiento como señal de debilidad. El poder de una reserva no está en acumularla, sino en poder usarla sin perder credibilidad.

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