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Starlink en crisis: cuando la conectividad se vuelve poder

by Phoenix 24

La señal también decide quién resiste.

Washington, febrero de 2026.

En una emergencia, la infraestructura deja de ser un detalle técnico y se convierte en la diferencia entre coordinación y caos. Starlink, la red de internet satelital operada por SpaceX, ha ganado protagonismo precisamente ahí: en el punto donde las redes terrestres fallan, donde la electricidad se vuelve intermitente y donde las instituciones descubren que su capacidad de mando depende de una conexión estable. Lo que empezó como un servicio comercial para zonas remotas hoy aparece en conflictos armados, desastres naturales y crisis políticas, con una promesa seductora y una consecuencia inevitable: quien controla la conectividad, controla parte del tablero.

La ventaja operativa de este modelo es simple de explicar y compleja de reemplazar. Una constelación de satélites en órbita baja puede ofrecer latencia relativamente baja y despliegue rápido con terminales portátiles, incluso cuando la fibra óptica está cortada, las antenas celulares han caído o las carreteras están bloqueadas. En situaciones de crisis, esa portabilidad se traduce en coordinación de primeros respondientes, acceso a información verificada, comunicación familiar, y continuidad mínima de servicios críticos. En el terreno, la “conectividad” deja de ser consumo digital y se vuelve logística, seguridad y gobernanza.

El caso más citado en Oceanía sigue siendo Tonga, tras la erupción volcánica y el tsunami de 2022 que dañaron su cable submarino y dejaron al país casi incomunicado. La llegada de terminales satelitales permitió restablecer puntos de acceso en instituciones y comunidades mientras se reparaba la infraestructura tradicional. Esa escena, un país insular reconectado por un actor privado extranjero, expone el lado luminoso del sistema: resiliencia inmediata en el peor momento. También abre una pregunta incómoda: ¿qué margen real tiene un Estado cuando la continuidad informativa depende de un proveedor externo que puede activar, limitar o reconfigurar el servicio?

En Norteamérica, la lógica se repitió con otra estética. Tras los incendios de Maui en 2023, la pérdida de energía y de redes móviles convirtió la conectividad en un recurso de emergencia, y se desplegaron terminales satelitales para sostener comunicaciones básicas, centros de apoyo y coordinación. Lo relevante no es el episodio en sí, sino el patrón: cuando ocurre una catástrofe, la “red” que sobrevive es la que requiere menos infraestructura local. En contextos donde los desastres se intensifican, la demanda de una capa de comunicación independiente del suelo aumenta, y con ella crece el valor estratégico de quien la ofrece.

Europa aporta la dimensión más sensible: la guerra. En Ucrania, Starlink se consolidó como una herramienta de resiliencia para comunicaciones, y al mismo tiempo como un factor que amplifica el debate sobre la dependencia de plataformas privadas en conflictos. En febrero de 2026, autoridades ucranianas informaron que terminales utilizadas por fuerzas rusas fueron desactivadas, y que se endurecieron controles para evitar usos no autorizados. Ese dato, más allá del conflicto particular, cristaliza una realidad nueva: una empresa privada puede influir en el equilibrio operativo de actores estatales al restringir acceso a una infraestructura crítica. No se trata de atribuir intenciones, sino de reconocer el poder material de una decisión técnica.

Aquí aparece el silencio institucional que muchas democracias todavía no quieren nombrar. La conectividad satelital de rápido despliegue está ocupando un espacio que antes pertenecía a capacidades públicas o a consorcios regulados, pero lo hace con velocidad empresarial y gobernanza corporativa. En emergencias, la velocidad suele ganar el debate, porque nadie quiere esperar licitaciones mientras la población está incomunicada. Sin embargo, la gobernanza posterior suele llegar tarde, cuando el servicio ya se volvió indispensable y la negociación ocurre desde una posición de dependencia. La pregunta entonces no es si estas redes son útiles, sino qué reglas las vuelven defendibles en términos de soberanía, transparencia y continuidad.

Las controversias alrededor de Starlink nacen de esa zona gris. Por un lado, habilita comunicación donde no había nada, y salva tiempo en operaciones humanitarias o de rescate. Por otro, concentra un poder discrecional que puede generar fricción con gobiernos, reguladores y fuerzas armadas, especialmente cuando las decisiones se perciben como opacas o reactivas. En varios países, el debate sobre licencias, cumplimiento normativo y operación transfronteriza ha mostrado que el modelo tecnológico avanza más rápido que el marco institucional que debería contenerlo. Y cuando la ley llega tarde, el vacío se llena con improvisación, presión política y narrativas polarizadas.

En Asia, el fenómeno se lee desde otra óptica: capacidad estatal, control de información y seguridad de datos. La expansión de constelaciones satelitales comerciales plantea preguntas sobre soberanía digital, porque una red que atraviesa fronteras también atraviesa jurisdicciones. Para algunos gobiernos, la prioridad es resiliencia ante catástrofes. Para otros, la prioridad es control ante crisis internas. En ambos casos, el dilema es el mismo: una tecnología diseñada para “estar en todas partes” puede convertirse tanto en una herramienta de continuidad como en un objeto de disputa regulatoria.

El punto estructural es que Starlink no es solo internet. Es una capa de infraestructura que, en crisis, funciona como nervio central de coordinación, y por eso atrae al mismo tiempo a protección civil, militares, medios y ciudadanía. Cuando una red se vuelve estándar de facto en emergencias, cambia la economía política de la respuesta: redistribuye autoridad, redefine prioridades presupuestales y obliga a repensar contratos de continuidad. Lo que antes era un tema de telecomunicaciones ahora es un tema de seguridad, de gestión del riesgo y de legitimidad institucional.

La lección, si se mira con frialdad, es doble. Primero, la resiliencia tecnológica ya no se mide solo por cuántas torres o cuánta fibra se tiene, sino por cuántas rutas alternativas existen cuando todo falla. Segundo, la dependencia no desaparece por tener conexión, solo cambia de forma: del cable local al proveedor global. En el mundo de crisis permanentes, el futuro de la conectividad no será únicamente más rápido. Será más político, más disputado y, por definición, más estratégico.

Más allá de la noticia, el patrón. / Beyond the news, the pattern.

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