Home WorldSalida en falso: renuncia la ministra cubana tras negar la existencia de mendigos en la isla

Salida en falso: renuncia la ministra cubana tras negar la existencia de mendigos en la isla

by Phoenix 24

El cinismo institucional frente a la pobreza desnuda la fractura del relato revolucionario en una Cuba en ruinas

La Habana, julio de 2025 — La renuncia de Marta Elena Feitó Cabrera, ministra cubana de Trabajo y Seguridad Social, ha sacudido el núcleo del poder en la isla. Lo que parecía una comparecencia rutinaria ante la Asamblea Nacional derivó en un escándalo cuando la funcionaria aseguró públicamente que “en Cuba no hay mendigos, sino personas disfrazadas de mendigos”. La frase, emitida en televisión nacional y viralizada con rapidez, provocó indignación masiva dentro y fuera del país, encendiendo las redes sociales y hasta comparaciones históricas con la aristocracia francesa previa a la Revolución de 1789.

Feitó intentó reforzar su argumento afirmando que quienes limpian parabrisas en las esquinas “solo quieren beber ron”, y que quienes rebuscan en la basura lo hacen “para revender materia prima”, negando de forma explícita que existan personas indigentes por causas estructurales. En medio de una profunda crisis económica, estas declaraciones resultaron insostenibles incluso para el gobierno. El presidente Miguel Díaz-Canel, presionado por sectores del Partido Comunista y por la opinión pública, aceptó su renuncia “por falta de objetividad y sensibilidad”.

El episodio reveló una desconexión abismal entre la retórica oficialista y la experiencia cotidiana de millones de cubanos. En los últimos tres años, la población ha visto evaporarse sus ingresos, con pensiones que apenas alcanzan el equivalente a cinco dólares mensuales. La escasez crónica de alimentos, medicamentos, electricidad y transporte ha empujado a miles de personas mayores a la indigencia silenciosa. De hecho, organismos internacionales estiman que más del 20 % de la población cubana ha abandonado el país desde 2021, una de las mayores crisis migratorias del continente en tiempos de paz.

El colapso económico, calificado por analistas del Financial Times y académicos como Carmelo Mesa-Lago como el más grave desde la desaparición del bloque soviético, ha desmantelado pilares históricos del sistema social cubano. Hospitales colapsados, universidades sin insumos, escuelas sin maestros y mercados vacíos forman parte del paisaje cotidiano. Ante este escenario, las declaraciones de Feitó no solo resultaron ofensivas, sino peligrosamente reveladoras del nivel de negación institucional que impera en sectores del régimen.

En términos geopolíticos, la renuncia deja al gobierno cubano en una posición incómoda. Si opta por minimizar el escándalo sin emprender reformas sociales profundas, corre el riesgo de alimentar la narrativa internacional de que La Habana ha perdido el control sobre su propia transición económica. Pero si la dimisión es utilizada como punto de inflexión para abrir un debate real sobre pobreza, desigualdad y responsabilidad estatal, podría marcar un cambio de tono con beneficios internos y diplomáticos. En todo caso, el desenlace aún está por definirse.

Mientras tanto, la tensión crece dentro de los márgenes del poder. Si no se canaliza este episodio hacia una autocrítica sistémica, es probable que se repitan protestas como las del 11 de julio de 2021, esta vez motivadas no solo por apagones o hambre, sino por la indignación moral frente al desprecio de las élites. Algunos diplomáticos de la Unión Europea, consultados en condición de anonimato, reconocen que este tipo de episodios podría endurecer las condiciones de cooperación bilateral, particularmente en temas de derechos humanos y transparencia. Incluso organismos de ayuda han comenzado a condicionar el envío de recursos humanitarios al reconocimiento explícito de los problemas sociales por parte del Estado.

Sin embargo, no todo es desgaste. También se abre una posible bifurcación en la narrativa oficial. El gobierno podría aprovechar este momento para oxigenar su imagen internacional con un discurso renovado, admitir errores y abrir espacios institucionales al debate ciudadano. Si lo hace, podría frenar la sangría migratoria y reconfigurar su legitimidad frente a las nuevas generaciones. Si no, Cuba continuará sumida en un modelo de parálisis discursiva, donde la pobreza no se combate, sino que se niega.

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