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Juanito Oiarzabal: la cumbre más dura fue seguir vivo

by Phoenix 24

La leyenda también se mide por cicatrices.

Vitoria-Gasteiz, marzo de 2026

A los 69 años, Juanito Oiarzabal habla como quien ya no necesita convencer a nadie, solo ordenar su propia historia. El alpinista vasco, uno de los nombres más reconocibles del Himalaya en lengua española, vuelve al centro de la conversación pública no por una nueva expedición, sino por un ajuste de cuentas íntimo con su pasado: un documental que lo retrata entre dos identidades, el “Juan” cotidiano y el “Juanito” que se jugaba la vida como si la montaña fuera un idioma sin traducción. La pregunta que atraviesa su testimonio no es cuánto escaló, sino por qué sigue aquí cuando, estadísticamente, y por acumulación de riesgos, dice que tendría que haber muerto hace tiempo.

Oiarzabal fue el primer español en coronar los 14 ochomiles y uno de los pocos en hacerlo sin oxígeno suplementario, un logro que no solo demanda piernas y pulmón, sino una relación casi obsesiva con el dolor y la decisión. En el relato que hoy reabre, aparece el lado heroico, sí, pero también el lado incómodo: la culpa por errores, la factura emocional que dejan los compañeros perdidos, el desgaste de repetir una mecánica de riesgo hasta normalizarla. El documental no lo pinta como santo ni como villano; lo muestra como un hombre que se volvió personaje y luego tuvo que vivir con el personaje cuando la cámara se apagó.

La montaña, en su caso, no fue un hobby de élite, sino una salida biográfica. Empezó como pescadero y terminó como referente mundial, pero esa conversión no fue lineal ni limpia. Su carrera está marcada por hazañas y por episodios extremos que todavía hoy suenan irreales, como aquel descenso del K2 en 2004 que le costó congelaciones severas y la pérdida de todos los dedos de los pies. En el imaginario público, ese tipo de mutilación se vuelve símbolo épico. En la vida real, es una cuenta diaria: dolor, limitaciones, duelo por el cuerpo anterior y el aprendizaje tardío de que ninguna cumbre vale una vida rota si luego no sabes qué hacer con la supervivencia.

El punto más interesante del retrato actual es que desplaza el foco de la cumbre hacia el poscumbre. Oiarzabal acumuló decenas de expediciones al Himalaya, pero el documental insiste en que el desafío real aparece después, cuando el cuerpo ya no responde como antes y la mente empieza a revisar lo que durante años evitó mirar. Ahí nace la dualidad que da título a la pieza: el Juan que quisiera haber sido más prudente y el Juanito que vivía empujado por una necesidad interna de ir un paso más allá. El héroe televisivo era el de la cima. El hombre, el que carga con pérdidas, es el de la habitación silenciosa cuando se acaba el relato.

La producción, dirigida por Javier Álvaro, condensa una enorme cantidad de material y voces del alpinismo español, además de testimonios familiares. Esa estructura importa porque evita el soliloquio autopromocional. Lo que emerge es un personaje visto desde ángulos distintos: admirado por su audacia, criticado por sus excesos, querido por su carisma, y a ratos juzgado por la forma en que la fama puede deformar el criterio. Oiarzabal no queda como figura plana. Queda como un caso humano de alto voltaje, donde el éxito no cancela la herida y la experiencia no garantiza sabiduría inmediata.

El documental también recuerda algo que el deporte de aventura tiende a romantizar: el riesgo es adictivo cuando se convierte en identidad. Muchos alpinistas no solo suben montañas; suben para ser quienes son. Cuando esa identidad se solidifica, bajar se vuelve más difícil que subir. En la narrativa de Oiarzabal aparece esa trampa con crudeza. Hay orgullo por lo logrado, pero también arrepentimiento por decisiones tomadas en un entorno donde la testosterona, el prestigio y el “no puedo quedarme atrás” se mezclan con condiciones de vida o muerte. En el alpinismo extremo, una mala decisión puede costar una vida. Pero una buena decisión repetida demasiadas veces puede terminar costando lo mismo, solo que más lento.

A sus casi 70, la historia se reinterpreta desde otro lugar. No es la épica de “conquistar” la montaña, sino el intento de entender qué se conquistó realmente y qué se perdió en el proceso. Oiarzabal aparece como superviviente, pero no como sobreviviente feliz. Sobrevivir, en su caso, es un estado ambiguo: triunfo biográfico y condena física, reputación y culpa, orgullo y cansancio. Ese matiz es lo que vuelve valioso el relato, porque rompe con el cliché del aventurero invencible y lo reemplaza por algo más real: el aventurero que descubre tarde que el cuerpo no olvida y que la memoria tampoco.

La relevancia cultural del documental no está solo en el deporte, sino en el tipo de sociedad que necesita estos relatos. En una era saturada de hazañas rápidas y contenido fugaz, ver a un icono reconocer sombras, límites y fracturas es una forma de madurez pública. Oiarzabal no está vendiendo una cumbre. Está dejando una advertencia: la gloria puede ser una droga si no se aprende a vivir sin ella. Y esa advertencia vale para cualquier industria que premie el exceso y castigue la pausa.

Al final, la imagen que queda no es la de una bandera en la cima, sino la de un hombre que mira hacia atrás y admite que la vida que se salvó también hay que aprender a habitarla. La montaña fue su escenario, pero el juicio final ocurre en tierra firme, cuando ya no hay tormenta que culpar ni altitud que explique el temblor. Ahí, entre Juan y Juanito, la cumbre más dura es sostener la verdad sin maquillaje.

Lo visible y lo oculto, en contexto. / The visible and the hidden, in context.

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