La diplomacia mueve la silla antes de la mesa.
Johannesburgo, noviembre de 2025. La decisión del anfitrión sudafricano de la cumbre del G20 de entregar la presidencia rotativa al país que celebrará la próxima reunión, Estados Unidos, se ha convertido en un acto de negociación tensa. Inicialmente, el gobierno de Sudáfrica anunció que trasladaría el liderazgo a una “silla vacía” luego del boicot declarado por el presidente estadounidense, Donald Trump, quien exigía rechazar la declaración oficial del foro y criticó con dureza el programa de transición energética y alivio de deuda promovido por el país africano. Pero en los días previos al cierre de la cumbre se produjo un giro diplomático inesperado: Washington expresó su disposición a enviar un representante —aunque de bajo rango— para aceptar el traspaso. Esta señal de flexibilidad, aunque simbólica, evitó la ruptura formal del protocolo del G20 y permitió que Sudáfrica mantuviera la narrativa de haber completado su mandato.

El foro, que abre por primera vez en territorio africano y que reúne a las principales economías emergentes y desarrolladas, ha sido escenario de una lucha de agendas entre demandas del Sur Global, políticas de clima y energía propuestas por Sudáfrica, y el enfoque de “prioridades económicas básicas” defendido por Estados Unidos. La presidencia sudafricana buscó colocar el tema del coste de la deuda y la solidaridad como ejes centrales, mientras que Washington presionó desde el margen para que no se emitiera una declaración que comprometiera a su futura administración. Sudáfrica constató la resistencia estadounidense y durante semanas afirmó que no aceptaría que la presidencia fuera aceptada por un enviado de bajo rango, insistiendo en que la legitimidad del traspaso exige “un líder al líder”.

La tensión adquirió tinte público cuando se divulgó que los negociadores del G20 habían redactado el borrador de la declaración final sin la participación de Estados Unidos, acción que fue descrita por la Casa Blanca como “vergonzosa”. A pesar de ello, élites diplomáticas en Johannesburgo enfatizan que el traspaso se mantiene en marcha y que corresponde a Washington asumir la presidencia en diciembre de 2025. Sin embargo, la yema del acuerdo descansa más que nunca en los detalles del protocolo y la representación oficial, lo que convirtió el acto en un símbolo de poder más que en un mero reglamento técnico.
Para Sudáfrica, el desenlace circula entre la celebración de su primer evento G20 en África —con todas sus implicaciones de prestigio global— y la necesidad de preservar la cohesión del foro sin dar evidencia de división. Representantes sudafricanos afirmaron que “no entregarían la presidencia a una silla vacía”, y en ese sentido el cambio de postura estadounidense les permitió mantener intacta su narrativa de liderazgo continental y diplomático. En cambio, para Estados Unidos aceptar un nuevo modo de entrega reduce el riesgo de legitimación de agendas que considera contrarias a sus intereses estratégicos.
El resultado de esta negociación tiene relevancia global. Desde Europa hasta Asia, actores estatales y no estatales interpretan que la presidencia del G20 no es únicamente ceremonial: da capacidad de establecer la agenda y de moldear prioridades para el año siguiente, incluyendo temas como transición energética, minerales críticos y comercio digital. Que Washington asuma en 2026 con un proceso aparentemente “reseteado” desde Johannesburgo implica una lectura clara: las reglas de sucesión institucional están sujetas a la presión de actores más poderosos, y los protocolos pueden flexibilizarse cuando el coste de un enfrentamiento es alto.

Además, la situación abre una línea de reflexión sobre la arquitectura de gobernanza global en una era de cambio geopolítico acelerado. Si un miembro fundamental del foro puede abstenerse de participar y aun así retener la presidencia entrante, el valor de la cooperación multilateral queda expuesto a dinámicas de poder bilateral. Para América Latina, el hecho organiza un precedente sobre cómo los grandes estados del hemisferio ven el funcionamiento del sistema internacional y la capacidad de los países del Sur para negociar espacios de voz real.
El acto final de entrega en Johannesburgo, por tanto, adquiere un doble significado: marca el fin de una presidencia sudafricana que quiso redefinir la letra del G20 y abre un nuevo ciclo liderado, formalmente, por Estados Unidos pero operativamente condicionado por la tensión diplomática vivida. Que la entrega se aceptara bajo condiciones mostró que el protocolo es maleable y que la lucha por la agenda global se libra tanto detrás de las cámaras como en el salón de la cumbre.
Resistencia narrativa global. / Global narrative resilience.