Home HealthCreíamos que el Parkinson estaba en nuestros genes, pero quizá está en el agua

Creíamos que el Parkinson estaba en nuestros genes, pero quizá está en el agua

by Phoenix 24

Amy Lindberg pasó 26 años en la Armada de los Estados Unidos. Después de tanto tiempo, aún caminaba con la barbilla en alto, casi al ritmo del uno, dos. Pero en 2017, su pie derecho dejó de seguir órdenes. Lindberg y su esposo Brad llevaban cinco años jubilados. Después de mudarse 10 veces, compraron la casa de sus sueños cerca de la costa, en Carolina del Norte. Tenían un patio trasero que se extendía hacia los humedales. Desde la cocina, podían ver grullas cazando. Criaban abejas, jugaban al pickleball y veían crecer a sus hijos.

Sin embargo, el pie derecho de Lindberg ahora estaba, por así decirlo, fuera de ritmo. Quería ignorarlo, pero no podía hacer caso omiso de los temblores. Además, había empezado a revolver palabras e ideas, sobre todo cuando se excitaba. ¿Era normal? Tenía 57 años, estaba en forma y llevaba una vida sana. ¿Podía ser la menopausia?

El diagnóstico tardó apenas cinco minutos. El neurólogo dictaminó que Lindberg tenía la enfermedad de Parkinson, con todos los síntomas clásicos. La EP, como la llaman los científicos, es un trastorno neurológico y una condena a cadena perpetua. Quienes la padecen pierden gradualmente el control de sus músculos, sus intestinos, su esófago. Los médicos dijeron a Lindberg que no había forma de saber qué lo había causado.

La hija de un marinero, Lindberg había construido su vida en torno a las fuerzas armadas. Se alistó en la Armada al salir de la universidad y se convirtió en oficial a los 23 años. Su primer destino fue la Base del Cuerpo de Marines Camp Lejeune, en Carolina del Norte, un centro de adiestramiento del tamaño de una ciudad que acoge a más de 60,000 elementos. Ya entonces había murmullos, susurros de extraños cánceres y mortinatos, pero Lejeune era uno de los lugares más bonitos en la cartera de propiedades de la Armada. Las dependencias de los oficiales solteros estaban en un trozo de costa cubierta de hierba llamado Paradise Point, donde el río New desemboca en el Atlántico.

“Lejeune era pintoresco. Teníamos un río, y la playa no estaba lejos. Trabajaba a media milla de donde vivía”, recuerda Lindberg. Le encantaba su trabajo en el hospital e hizo amigos para toda la vida. Ahí mismo conoció a su esposo: una foto en su escritorio muestra a una Lindberg rubia, radiante bajo su gorra de la Marina, mientras Brad sonríe ampliamente vestido de azul. “Era muy agradable”, dice. “Nunca sospecharías del agua”.

Vivir con una enfermedad neurodegenerativa

Después del Alzheimer, el Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más común, con unos 90,000 nuevos diagnósticos cada año en Estados Unidos. Durante décadas, la investigación sobre el Parkinson se ha centrado en la genética, en encontrar las letras rebeldes en nuestro genoma que causan este padecimiento incurable. Hoy en día, las investigaciones publicadas sobre la genética que subyace al Parkinson superan a todas las demás causas potenciales en una proporción de seis a uno. Esto se debe, en parte, a que uno de los benefactores más generosos de la enfermedad, el cofundador de Google Sergey Brin, puede relacionar el Parkinson con su propia genética: es portador de una mutación del gen LRRK2, que aumenta significativamente la probabilidad de que desarrolle EP, y su madre padece la enfermedad. También algunos pacientes de Parkinson diagnosticados antes de los 50 años, como Michael J. Fox, pueden rastrear la enfermedad a sus genes. A lo largo de los años, la fundación de Fox ha recaudado miles de millones de dólares para la investigación del Parkinson, y Brin se ha comprometido personalmente con 1,800 millones de dólares para luchar contra el trastorno. En total, más de la mitad del dinero destinado a la investigación del Parkinson en las últimas dos décadas se ha dedicado a la investigación genética.

Pero las tasas de Parkinson en EE UU se han duplicado en los últimos 30 años. Y los estudios sugieren que los casos aumentarán otro 15 a 35% en cada década venidera. No es así como se supone que debe comportarse una enfermedad genética hereditaria.

A pesar de la avalancha de financiación, las últimas investigaciones sugieren que solo entre el 10 y el 15% de los casos de Parkinson pueden explicarse completamente por la genética. El resto es un misterio. “Más de dos tercios de las personas con EP no tienen ningún vínculo genético claro. Así que pasamos a una nueva pregunta: ¿Qué otra cosa podría ser?”, dice Briana De Miranda, investigadora de la Universidad de Alabama en Birmingham.

“La salud que tienes hoy está en función del entorno que tuviste en el pasado”, afirma Ray Dorsey, médico y profesor de Neurología de la Universidad de Rochester. Tu “entorno” puede ser la refinería de un pueblo lejano, el plomo de la pintura de la casa de tu madre, el empaque de plástico que metiste en el microondas en 1996. Es la contaminación atmosférica, los químicos eternos (PFAS), los pesticidas y muchas otras cosas.

Y este entorno, la suma de todas las exposiciones, desde la concepción hasta la tumba, podría estar enfermándote más de lo que crees. En un estudio con medio millón de británicos, investigadores de Oxford determinaron que el estilo de vida y el medio ambiente tienen 10 veces más probabilidades de explicar la muerte prematura que la genética. Pero eso también ofrece una perspectiva tentadora. Si el Parkinson es una enfermedad ambiental, como Dorsey y un pequeño grupo de investigadores creen, entonces tal vez podamos acabar con ella.

En 1982, dos años antes de que Lindberg fuera transferida a Camp Lejeune, un heroinómano de 42 años llamado George Carillo ingresó en silla de ruedas al Centro Médico Santa Clara Valley de San José, California. Pocos días antes, Carillo había estado perfectamente sano. Ahora era mudo e incapaz de moverse. Desconcertados, los neurólogos de guardia llegaron a un diagnóstico imposible: el paciente, durante un largo fin de semana, había desarrollado la enfermedad de Parkinson.

Carillo habría pasado el resto de su vida en un psiquiátrico si no hubiera intervenido un joven neurólogo pionero llamado Bill Langston. La forma en que el Parkinson se apodera del cuerpo es distinta, afirma Langston. La enfermedad ataca a las neuronas de una región del cerebro llamada sustancia negra, una pequeña estructura oscura que destaca entre los retazos de beige. Las neuronas de esta zona liberan dopamina, que envía señales a otras neuronas que ayudan al cuerpo a moverse con suavidad y eficacia. En el Parkinson, estas neuronas mueren; cuando se diagnostica a un paciente, ya ha perdido entre el 60 y el 80% de ellas. El proceso suele durar años. Pero en el caso de Carillo, todas las neuronas habían desaparecido casi de la noche a la mañana.

La genética se convirtió en el “gorila de 400 kilos”, como lo expresó un científico. “Todos los fondos de investigación se destinaron a la genética”.

Durante el verano de 1982, Langston encontró a otros cinco “adictos congelados” en el área de la Bahía de San Francisco. Mediante un trabajo detectivesco paciente y minucioso, descubrió que todos se habían inyectado un lote de lo que creían que era una droga de diseño llamada MPPP, preparada en el sótano de una casa en Morgan Hill. Pero la química había salido mal. En lugar de 1-metil-4-fenil-4-propionoxipiperidina, un opioide potente con efectos similares a los de la morfina, el químico improvisado que vendía dosis de diez centavos había fabricado por accidente 1-metil-4-fenil-1,2,3,6-tetrahidropiridina, o MPTP, un desliz farmacológico que reescribiría los libros de texto de neurología.

Cuando Langston y sus colegas consiguieron un lote de MPTP y lo probaron en primates, supieron que habían descorchado una revolución. “Cualquier neurólogo podía ver a esos monos y pensar de inmediato: esto es Parkinson”, dice Langston, algo especialmente contundente si se considera que los monos no desarrollan Parkinson en estado silvestre. Por primera vez, Langston demostró que el MPTP mataba las neuronas productoras de dopamina en la sustancia negra de los monos. El hallazgo lo convirtió en el investigador sobre Parkinson más famoso del país y, como escribió en aquel momento, prometía “poner patas arriba todo el campo de la enfermedad de Parkinson”. El Parkinson, al parecer, podía ser causado por una sustancia química.


Sustituir neuronas dañadas por el Parkinson, el objetivo de un nuevo ensayo clínico

En busca de la causa

Amy Lindberg se adaptó rápidamente a la vida en Lejeune. Jugaba tenis y salía a correr durante sus descansos para comer, zigzagueando entre los aspersores en los sofocantes veranos de Carolina. Pero algo oscuro acechaba bajo sus pies.

En algún momento antes de 1953, una vasta masa de tricloroetileno (TCE) se filtró en las aguas subterráneas bajo Camp Lejeune. El TCE es un disolvente muy eficaz —uno de esos “químicos milagro” de mediados del siglo XX— que se evapora con rapidez y disuelve cualquier grasa que toca. El origen del vertido sigue siendo motivo de debate, pero los soldados de la base usaban TCE para dar mantenimiento a la maquinaria, y las tintorerías lo rociaban sobre los uniformes de gala. Era omnipresente en Lejeune y en buena parte de Estados Unidos.

Además, el TCE también parecía inofensivo: se podía frotar en las manos o inhalar sus vapores sin sentir efectos inmediatos. Pero el efecto venía a largo plazo. Durante unos 35 años, marines y miembros de la Armada que vivieron en Lejeune respiraron sin saberlo TCE vaporizado cada vez que abrían el grifo. La Armada —que supervisa al Cuerpo de Marines— primero negó la existencia de la contaminación, y luego se negó a admitir que pudiera afectar la salud de los elementos. Pero conforme los veteranos de Lejeune envejecieron, los cánceres y las enfermedades inexplicables empezaron a perseguirlos a tasas alarmantes. Los marines alojados en la base tenían un 35% más de riesgo de desarrollar cáncer de riñón, un 47% más de linfoma de Hodgkin y un 68% más de mieloma múltiple. En el cementerio local, la sección reservada para bebés tuvo que ampliarse.

Mientras tanto, Langston pasó el resto de la década de 1980 creando la California Parkinson’s Foundation (más tarde rebautizada como el Parkinson’s Institute), un laboratorio y centro de tratamiento equipado con todo lo necesario para, por fin, revelar la causa de la enfermedad. “Creíamos que íbamos a resolverlo”, me dijo Langston.

Los investigadores vinculados al instituto desarrollaron el primer modelo animal de la enfermedad de Parkinson, identificaron un pesticida llamado paraquat como un casi equivalente químico del MPTP y demostraron que los trabajadores agrícolas que lo pulverizaban desarrollaban Parkinson a tasas extraordinariamente altas. Después mostraron que los gemelos idénticos desarrollaban Parkinson al mismo ritmo que los gemelos fraternos, algo que no tendría sentido si la enfermedad fuera puramente genética, dado que los primeros comparten ADN y los segundos no. Incluso señalaron al TCE como una posible causa de la enfermedad, según Langston.

Cada revelación, pensaba el equipo, era otro clavo en el ataúd de la teoría genética del Parkinson.

Cuando Goldman comparó ambas poblaciones, los resultados fueron impactantes: los marines expuestos al TCE en Lejeune tenían un 70% más de probabilidades de tener Parkinson que los alojados en Pendleton.

Pero había un problema. El Proyecto Genoma Humano se había puesto en marcha en 1990 y prometía inaugurar una nueva era de la medicina personalizada. Su objetivo —identificar todos los genes humanos— era radical y, cuando se completó en el año 2000, las comparaciones entusiastas con la llegada a la Luna eran habituales. Desentrañar nuestro genoma, dijo entonces el presidente Bill Clinton, “revolucionaría el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de la mayoría, si no de todas, las enfermedades humanas”.

Pero para Langston y sus colegas, el Proyecto Genoma Humano le quitó el oxígeno al campo de la salud ambiental. La genética se convirtió en el “gorila de 400 kilos”, como lo expresó un científico. “Todo el dinero para investigación se fue a la genética”, dice Sam Goldman, quien trabajó con Langston en el estudio con gemelos. “Es mucho más sexy que la epidemiología. Es el último gadget, el cohete más grande”.

A toda una generación de jóvenes científicos se la estaba formando para pensar en la genética y la genómica como el lugar por defecto al que acudir en busca de respuestas. “Yo describo la ciencia como un grupo de niños de cinco años jugando fútbol”, dice otro investigador. “Todos corren detrás del balón, en manada, por la cancha”. Y el balón, sin duda, no estaba en la salud ambiental. “Los donantes quieren una cura”, dice Langston. “Y la quieren ahora”.

En 1997, investigadores identificaron en Italia a una familia que había transmitido la enfermedad de Parkinson durante generaciones. Aunque más tarde se demostraría que el gen en cuestión solo explicaba una fracción de los casos de Parkinson, el daño ya estaba hecho. El Parkinson’s Institute comenzó a enfrentar vientos económicos en contra y problemas administrativos, y Langston terminó por decidir su cierre. Así fue como la teoría ambiental del Parkinson volvió al estante.


Los químicos presentes en el ambiente (y ahora en el cuerpo)

Nadie sabe con exactitud qué proporción del agua potable del mundo está contaminada con TCE. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos calculan que entre el 4 y el 18 % del suministro de agua de los estadounidenses contiene esta sustancia, aunque no siempre en concentraciones peligrosas; el Environmental Working Group estima que unos 17 millones de personas beben agua con TCE.

En Silicon Valley, donde el TCE fue fundamental para la fabricación de los primeros transistores, se ha identificado una cadena de zonas subterráneas contaminadas a lo largo de la autopista 101, desde Palo Alto hasta San José. El condado de Santa Clara concentra más sitios tóxicos del programa Superfund —23 en total— que cualquier otro condado del país. Varias grandes empresas tecnológicas tienen oficinas cerca o incluso encima de estos lugares; en 2013, empleados de una oficina de Google estuvieron expuestos durante meses a niveles insalubres de TCE tras el fallo de un sistema de ventilación.

Y mientras que la conexión del TCE con el cáncer está bien estudiada, aún se desconoce lo que hace a nuestro cerebro. Esto se debe a que es muy difícil obtener datos fiables sobre la exposición. EE UU, con un sistema sanitario fragmentado, dispone de pocas bases de datos nacionales y rara vez se hace un seguimiento de la exposición a sustancias químicas.

En 2017, Sam Goldman se dio cuenta de que Camp Lejeune ofrecía la oportunidad perfecta para cambiar esta situación. Goldman, epidemiólogo y médico, ha construido su carrera a partir del análisis minucioso de datos: detecta informes de casos inusuales, identifica patrones y, en la consulta, entrevista a pacientes sobre los químicos que manipularon en empleos anteriores y las exposiciones que tuvieron durante la infancia. En el caso de Lejeune, Goldman pudo examinar los historiales médicos del Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) para encontrar diagnósticos de Parkinson y compararlos con los historiales de servicio. Pero la genialidad de Goldman no fue encontrar esta cohorte de Lejeune, sino darse cuenta de que también tenía un grupo de control.

Camp Pendleton, en el sur de California, es el equivalente a Lejeune para el Cuerpo de Marines en la costa oeste. Miles de marines jóvenes y saludables cruzan sus puertas alambradas cada año. Pero Pendleton tiene algo que Lejeune no tiene: agua potable no contaminada.

Cuando Goldman comparó ambas poblaciones, los resultados fueron impactantes: los marines expuestos al TCE en Lejeune tenían un 70% más de probabilidades de padecer Parkinson que los alojados en Pendleton. Y en un estudio de seguimiento realizado el año pasado, demostró que la progresión de la enfermedad en los veteranos de Lejeune con mayor exposición al TCE era más rápida que en aquellos con baja o nula exposición. En el mundo de la investigación sobre el Parkinson, el estudio de Goldman fue un éxito.

Pero para demostrar realmente un vínculo, se necesita algo más que una simple correlación. Así que, en el tercer piso de un monótono edificio universitario en Birmingham, Alabama, Briana De Miranda ha recreado Camp Lejeune en su laboratorio, pero para ratones. (W).

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