El almacenamiento volvió a ser un cuello de botella.
Singapur, febrero de 2026.
La industria tecnológica se acostumbró a pensar que el cómputo era el recurso escaso y que el almacenamiento era un componente casi silencioso, abundante y barato. Esa comodidad se está rompiendo. Un reporte reciente afirma que uno de los mayores fabricantes de discos duros ya tiene comprometida la producción de todo 2026, un dato que, más allá del titular, expone un cambio estructural: el mundo digital está entrando en una fase donde guardar datos vuelve a ser tan estratégico como procesarlos. Y cuando algo se vuelve estratégico, también se vuelve disputado.
La raíz del problema no es un fenómeno aislado, sino una convergencia de presiones que llegan al mismo tiempo. Por un lado, los centros de datos se están expandiendo para sostener el entrenamiento y la operación de modelos de inteligencia artificial que consumen cantidades crecientes de información. Por otro, la economía de la nube está madurando y muchos proveedores están reequilibrando su arquitectura: más capacidad de almacenamiento masivo para datos fríos, más capas de respaldo, y más redundancia geográfica por razones de resiliencia y riesgo. A eso se le suma un tercer motor menos glamoroso pero igual de potente: la retención regulatoria y corporativa de datos, que obliga a conservar registros por años, incluso cuando ya no se usan a diario.

El disco duro, que parecía una tecnología lenta frente al brillo de los chips y la memoria de última generación, vuelve a ganar centralidad por una razón que el mercado entiende con crudeza: costo por terabyte. En almacenamiento a gran escala, la diferencia entre un sistema premium y uno viable se decide en ese indicador. Para grandes volúmenes, el disco mecánico sigue siendo el caballo de carga, sobre todo cuando la prioridad es guardar, archivar y recuperar sin convertir cada byte en un lujo energético. Esa realidad contradice el imaginario popular de que “todo es sólido y rápido” y devuelve el debate al terreno material: platos, cabezales, controladores, fábricas, logística y cadena de suministro.
Cuando se dice que la producción está vendida por completo, en realidad se está diciendo que hay una carrera por asegurar inventario antes de que el precio suba o antes de que la disponibilidad se vuelva incierta. En el lenguaje de la industria, es un síntoma de contratos a largo plazo, de compradores con poder de negociación y de una señal de pánico moderado. Los grandes jugadores suelen preferir previsibilidad, y si anticipan presión sostenida, compran futuro. Esa práctica cambia la dinámica del mercado porque deja menos margen para los compradores pequeños y para quienes operan con ciclos cortos. El resultado no solo es escasez, es asimetría.

La estructura de poder que revela este hecho es clara: la capacidad de almacenar datos se está concentrando en quienes pueden reservarla con anticipación. En América del Norte, las grandes plataformas tecnológicas y operadores de nube tienen el músculo para bloquear suministros y absorber fluctuaciones. En Europa, la discusión se cruza con soberanía digital y con exigencias de cumplimiento, lo que empuja a duplicar infraestructura local y a sostener copias dentro de jurisdicciones específicas. En Asia, el empuje viene de la expansión industrial, del crecimiento de servicios digitales y de la presión competitiva por capacidad, especialmente cuando la región se posiciona como nodo logístico y tecnológico. Tres geografías distintas llegan a una conclusión similar: sin almacenamiento, la promesa de “todo digital” se vuelve frágil.
Aquí aparece un silencio institucional que suele pasar desapercibido. La conversación pública sobre inteligencia artificial se centra en modelos, chips y talento, pero rara vez habla del costo de sostener el rastro que esos sistemas producen. La IA no solo consume datos, también genera datos: logs, versiones, auditorías, trazas, datasets derivados, respaldos, y capas de control para seguridad y cumplimiento. En un mundo donde la confianza se vuelve requisito, la trazabilidad crece y con ella crece la necesidad de almacenar. El futuro, paradójicamente, exige memoria.

El cuello de botella también tiene un costado técnico que se entiende mejor si se mira como ecología de infraestructura. No todo se guarda en el mismo lugar ni con la misma velocidad. La arquitectura moderna utiliza capas: almacenamiento rápido para operación inmediata, y almacenamiento masivo para retención, respaldo y análisis posterior. Si la capa masiva se encarece o se vuelve escasa, el sistema completo se deforma. Las empresas tienden a recortar retención, a posponer migraciones, o a aceptar mayor riesgo operacional. En instituciones públicas, el efecto puede ser peor: presupuestos rígidos, compras lentas, y una dependencia mayor de proveedores que sí pudieron asegurar stock.
También hay una dimensión psicológica del mercado. Cuando se instala la idea de escasez, incluso si es temporal, se producen dos reacciones: compras preventivas y especulación. La primera es racional, la segunda es oportunista, pero ambas alimentan la percepción de crisis. Eso puede elevar precios, endurecer cláusulas contractuales y, en casos extremos, empujar a soluciones subóptimas como ampliar retención en sistemas más caros o menos eficientes. La escasez, aun cuando sea parcial, redibuja prioridades.
El episodio, además, reabre un debate que se venía posponiendo: ¿hasta qué punto la infraestructura física acompaña el ritmo de la economía digital? Se habla mucho de software, pero los límites suelen ser físicos: capacidad de fabricación, materiales, energía, refrigeración, transporte, y tiempos de instalación. En el corto plazo, no se construyen fábricas ni centros de datos con la misma velocidad con la que se lanza un modelo nuevo. Esa diferencia de ritmo es la grieta por donde entra el cuello de botella.
Lo más importante es entender que no se trata solo de discos duros. Se trata de un sistema global que está acumulando datos como si fueran un recurso infinito, mientras la infraestructura que los sostiene sigue siendo finita, lenta de expandir y vulnerable a shocks. Si la producción de un año entero puede agotarse por adelantado, el mensaje es que la “economía de la atención” ya mutó en “economía de la retención”. Y cuando el valor pasa de mirar a conservar, el poder se desplaza hacia quienes controlan la memoria.
Contra la propaganda, memoria. / Against the propaganda, memory.