El dinero ya no espera al banco.
Bogotá, febrero de 2026.
La digitalización de pagos suele venderse como comodidad, pero en la práctica es una disputa por costos, trazabilidad y control del comercio cotidiano. Bre-B, el sistema de pagos inmediatos interoperable impulsado por el Banco de la República, está empujando esa disputa hacia un terreno más agresivo: pagos en segundos, sin depender del datáfono y con la promesa de bajar fricciones para los negocios pequeños. La señal de fondo es más grande que Colombia, porque cuando un país crea una autopista de transferencias instantáneas, también redibuja quién captura comisiones, quién construye historial financiero y quién queda atrapado en efectivo. Ahí es donde un cambio técnico se vuelve una decisión de poder.
En el relato público, la clave es la velocidad, pero el verdadero diferencial es la arquitectura. Bre-B opera como un esquema de liquidación en tiempo real que permite que el dinero quede disponible muy rápido y no dependa de horarios bancarios tradicionales. La idea de “segundos” funciona como símbolo de modernidad, aunque lo que importa es la consistencia bajo carga, la interoperabilidad entre entidades y la claridad de reglas cuando algo falla. El sistema ya reportaba un volumen alto de transacciones y montos relevantes, lo que explica por qué el tema dejó de ser nicho fintech y entró al debate de infraestructura nacional.

El punto de ruptura para el pequeño comercio está en dos barreras que antes parecían inevitables. La primera es el hardware, porque el datáfono no solo cuesta, también ancla al negocio a contratos, alquileres y mantenimiento. La segunda es la demora en la disponibilidad del dinero, que para muchos micronegocios significa inventario, transporte o gasto diario, no un “flujo de caja” abstracto. Con pagos inmediatos y códigos QR, un teléfono se vuelve terminal y la transacción se acerca al ritmo real del barrio. Esa cercanía es decisiva en tiendas de esquina, ventas ambulantes y mercados, donde el efectivo sigue dominando y cualquier fricción extra mata la adopción.
Bre-B intenta empujar adopción con un diseño que reduce fricción y abarata la aceptación. El modelo se apoya en códigos QR interoperables bajo estándares ampliamente usados en pagos, y en el concepto de “llaves” sencillas que reemplazan números largos de cuenta. En la práctica, el usuario paga o transfiere usando un identificador como el celular u otro dato permitido por su entidad, y el sistema enruta el dinero sin importar el banco o billetera. La decisión de mantener costo cero en el componente central al inicio vuelve viable el micropago, donde las comisiones suelen comerse el margen. Con eso, los actores privados terminan compitiendo por servicio, experiencia y valor agregado, no por el peaje básico de la infraestructura.

La consecuencia más interesante no es tecnológica, es reputacional y financiera. Cuando un negocio acepta pagos digitales de forma constante, genera trazas, y esas trazas se convierten en historial. Con historial, aparecen opciones: microcrédito, seguros, cuentas con mejores condiciones y una relación menos asimétrica con proveedores y prestamistas informales. Brasil lo vivió con Pix, donde el pago instantáneo se volvió hábito y empujó formalización en segmentos que antes operaban casi exclusivamente en efectivo. Colombia apunta a un salto similar, pero con una diferencia crítica: aquí la batalla ocurre en un mercado ya poblado por billeteras y redes privadas que compiten por el hábito del usuario. La interoperabilidad es la palabra elegante; el objetivo real es que el usuario no tenga que elegir bando para pagar.
Ese objetivo choca con un riesgo inevitable: a medida que el pago se vuelve instantáneo, el error también se vuelve instantáneo. En sistemas inmediatos, una llave mal escrita o un identificador equivocado puede significar dinero perdido en segundos, con procesos de reverso más complejos que en una tarjeta. Además, la popularidad atrae su propia sombra: suplantación, mensajes falsos, ingeniería social y capturas de credenciales. Por eso el ecosistema está colocando énfasis en controles, verificación y disciplina de seguridad para sostener confianza cuando el volumen crece. La seguridad deja de ser un apéndice y se vuelve parte del producto.

El fenómeno encaja en una tendencia global: los pagos rápidos se están convirtiendo en infraestructura estratégica. Lo que cambió no es solo la velocidad, sino la expectativa social. Cuando el pago es inmediato y barato, el usuario aprende a exigirlo, y esa exigencia reconfigura el mercado. Los comercios empiezan a preferir medios que reduzcan manejo de efectivo y aceleren rotación, mientras el sistema financiero busca capturar datos y relación de largo plazo. La tensión no es si el país puede pagar en segundos, sino quién gobierna el estándar, quién define los costos y quién protege la confianza cuando el uso se vuelve masivo. En esa capa, la tecnología solo es el inicio.
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