Que la crono en Monza se convierta en consuelo manda señales sobre cuándo la ilusión supera la expectativa.
Monza, septiembre de 2025
Cuando el resto del paddock apenas afinaba motores, Fernando Alonso ya había rompido un guion previsible en Monza. Tras una tanda clasificatoria complicada, el asturiano logró colarse en la Q3 y cerrar una lapidaria vuelta con la que arrancará desde la octava plaza mañana. Sorprendente, no solo para los rivales, sino también para él y su equipo, quienes partían del convencimiento de que la jornada terminaría antes, probablemente en la Q1.
Después del alivio y la tensión contenida, Alonso confesó con sinceridad: creíamos que nos quedaríamos fuera, tanto que colocamos tres juegos de neumáticos pensando que la Q1 sería nuestro límite. Lo que pasó después fue impensable: avanzamos a la Q2, logramos una vuelta en condiciones y al final… salimos en Q3. Fue, en sus propias palabras, una sorpresa total. Y aún así, la sorpresa no fue causa de euforia desmedida, sino de cautela.
El Gran Premio de Italia, con su recta interminable y su túnel de velocidad máxima, suele ser escenario de derrotas para el Aston Martin. Alonso lo sabe bien. Reconoce que mañana será difícil sumar puntos, pues el coche sufre en las rectas y su velocidad punta no está a la altura del desafío. “Este sábado fue un oasis… pero luego volvemos al desierto”, dijo, anticipando que la carrera no será fácil.
El piloto español ya lleva 28 clasificaciones seguidas por delante de su compañero, un dato que nunca baja de realismo aplicado al volante. Pero si la clasificación fue un ejercicio de azar controlado, la carrera será el momento donde la ansiedad cicatrizará. En circuito como Monza, el rebufo es más que estrategia: es supervivencia técnica.
Lo visible y lo oculto, en contexto.
The visible and the hidden, in context.