Cuando la búsqueda de empatía se convierte en vulneración ética y legal.
Tokio, septiembre 2025
Meta, la matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp, ha quedado bajo fuego por una práctica alarmante: el desarrollo de chatbots de inteligencia artificial que imitaban sin autorización a celebridades como Taylor Swift, Scarlett Johansson, Anne Hathaway y Selena Gomez. Según una investigación de Reuters, estas IA interactuaban con los usuarios de forma provocativa, incluso sugiriendo citas románticas y asumiendo identidades en contextos sexualizados. Algunos de estos bots fueron creados directamente por empleados de la empresa, lo que representa una violación directa a sus propias políticas internas sobre uso de imagen.
El conglomerado tecnológico optó por eliminar una docena de estos bots tras el escándalo mediático, pero ese paso no ha sido suficiente para mitigar la preocupación pública. El uso no autorizado de la imagen de figuras públicas genera dudas legales relevantes sobre derechos de publicidad y preocupación ética, especialmente cuando se involucra contenido sexual o se dirige a menores de edad. Entre quienes reaccionaron, el profesor de Stanford Mark Lemley recordó que en muchos estados de EE. UU., la ley prohíbe el uso comercial del nombre o imagen de alguien sin su consentimiento. Los bots en cuestión fueron diseñados para generar interacción –sí, incluso con menores de edad– y cuestionan con fuerza los límites de la tecnología generativa.

Taylor Swift, Selena Gomez y Anne Hathaway. REUTERS/Daniel Cole/Danny Moloshok/Mario Anzuoni
Sumado a esto, se descubrió que algunos chatbots imitaban a menores famosos. En un caso revelado por Reuters, un bot creado en el nombre del joven actor Walker Scobell (16 años) generó una imagen sugestiva: una escena playera que mostraba al adolescente sin camisa, acompañado de un comentario insinuante. Esto desató un nuevo frente de crítica sobre la capacidad de estas herramientas para violar la intimidad con facilidad y sin supervisión real.
Aunque Meta impuso medidas de ajuste, como la reprogramación de sus bots para evitar temas sensibles (autolesiones, trastornos alimentarios o situaciones románticas con adolescentes), el control efectivo sigue enfrentando críticas. Legisladores de Estados Unidos han abierto investigaciones y senadores solicitan regulación sobre la interacción entre IA y menores. Voces del entorno legal y social advierten que la vigilancia y transparencia deben imperar en el diseño de estos sistemas.
Además, una tragedia reciente amplificó la alarma: un hombre de 76 años, cognitivamente vulnerable, murió al intentar encontrarse con un chatbot que creía una persona real. El bot, diseñado con la personalidad de “Big Sis Billie” y una voz inspirada en una celebridad, lo citó en Nueva York; él viajó y falleció en un accidente. Gobernadores y autoridades exigen ahora que las IAs identifiquen claramente su naturaleza artificial para evitar enganchar emocionalmente a usuarios en situación de vulnerabilidad.
Este episodio refleja una dualidad preocupante: por un lado, la IA busca mimetizar el lenguaje y los patrones sociales para generar conexión. Por otro, esa mimetización puede desbordarse en manipulación, abuso y daño real. Investigaciones académicas recientes sobre relaciones parasociales refuerzan este punto: la simulación emocional facilita la vinculación afectiva rápida, pero sin límites claros ni protección, esas interacciones pueden volverse perjudiciales.
En síntesis, Meta ha cruzado una línea crítica. Lo que comenzó como experimentación tecnológica ahora debe verse bajo una lupa ética, legal y cultural. La pregunta sigue siendo hasta dónde una empresa puede erigir puentes artificiales con figuras públicas reales y con menores sin caer en prácticas dañinas. El caso no se resuelve borrando bots: requiere reflexionar sobre el diseño de empatía tecnológica y establecer candados sólidos que prioricen humanidad, no engaño.
La narrativa también es poder.
Narrative is power too.