Home OpiniónEl poder de recordar: memorias que sanan frente a sociedades rotas

El poder de recordar: memorias que sanan frente a sociedades rotas

by Mario López Ayala, PhD

En tiempos donde la ansiedad por el futuro y la fragmentación identitaria marcan la psique colectiva, la memoria se reivindica como una forma de resistencia. No una nostalgia paralizante, sino una evocación con sentido: recordar para resignificar, no para repetir. Desde la neuropsiquiatría hasta la política pública, el pasado se resignifica como instrumento terapéutico, narrativo y político.

En la clínica, las evidencias se acumulan. Estudios recientes del Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU. demuestran que técnicas como EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimiento Ocular), diseñadas originalmente para veteranos de guerra con trastorno de estrés postraumático complejo (CPTSD), han sido eficaces también para pacientes con traumas prolongados de origen civil. Esto incluye a mujeres víctimas de violencia estructural, sobrevivientes de desplazamiento forzado o personas marcadas por la desintegración familiar. Recordar bajo un marco terapéutico seguro, como han subrayado expertos de la Asociación Mundial de Psiquiatría, permite activar circuitos de reconfiguración emocional que reducen síntomas como insomnio, hipervigilancia o embotamiento afectivo.

Pero más allá del consultorio, recordar también implica elegir. Como plantean filósofos como Paul Ricoeur, no existe una memoria neutra: toda evocación es también una construcción. Y en esa reconstrucción, el lenguaje juega un papel determinante. No es lo mismo decir “lo superé” que “lo integré”. Dar palabras al dolor transforma la experiencia traumática en relato, en historia vivida, en identidad reintegrada. La psicolingüística moderna ha demostrado que la capacidad de narrar el trauma —aunque sea fragmentariamente— incrementa la coherencia del yo y disminuye la angustia basal.

En el terreno cognitivo-conductual, recordar también implica cuestionar creencias. La reestructuración cognitiva —base de la terapia de tercera generación— se apoya en resignificar el pasado para modificar patrones disfuncionales del presente. “No fui débil, sobreviví”; “No fue culpa mía”; “Hoy puedo elegir diferente”: estas frases no son simples afirmaciones, sino anclas que transforman el mapa emocional. Reencuadrar no borra el dolor, pero lo vuelve manejable, como quien acomoda los escombros para volver a construir.

Desde la mirada de quien investiga y escribe, recordar cobra un valor existencial. Para Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, el sentido de la vida se hallaba incluso en las condiciones más extremas, y la memoria podía ser un puente entre el sufrimiento y el propósito. En esa misma línea, recordar con autenticidad puede ser una forma radical de libertad. Decidir qué versiones del pasado incorporamos al presente y cuáles dejamos ir es un acto profundamente humano, y también político.

Y es precisamente ahí donde la memoria trasciende al individuo. En sociedades heridas —como las que emergen de dictaduras, guerras internas o violencias sistemáticas—, recordar no es solo una opción: es una deuda ética. Experiencias como la Comisión de la Verdad en Colombia, el Museo de la Memoria en Chile o el Archivo de la Represión en México han demostrado que la memoria colectiva puede ser un mecanismo de justicia restaurativa. Nombrar a los desaparecidos, relatar los silencios, construir rituales conmemorativos: todo ello ayuda a reconstruir el lazo social roto.

Según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los países que institucionalizan espacios de memoria tienden a reducir los niveles de polarización política en las siguientes décadas. La memoria no garantiza el consenso, pero sí propicia un terreno común donde los relatos puedan coexistir. En palabras de Aleida Assmann, investigadora alemana de la Universidad de Constanza, “una sociedad que no recuerda no puede perdonar, y una que no perdona no puede avanzar”.

Ahora bien, recordar no es sinónimo de revivir. Abrir memorias traumáticas sin acompañamiento profesional puede ser contraproducente, e incluso reactivar ciclos de sufrimiento. Por eso, terapeutas, periodistas y educadores tienen una responsabilidad compartida: habilitar espacios donde el pasado sea narrado con verdad, pero también con contención. No toda verdad es apta para ser dicha en todo momento, y el respeto por el tiempo psíquico del otro es clave.

En este contexto, los medios tienen una doble tarea: informar con rigor y narrar con ética. Evitar el sensacionalismo, respetar las voces silenciadas, y sobre todo, entender que cada testimonio es un acto de confianza. Desde una perspectiva periodística, sostengo con firmeza que cada historia contada es una vida rearticulada. La memoria, bien narrada, es también una forma de justicia.

En última instancia, recordar es un derecho. Un derecho al relato, al duelo, a la reconstrucción. En tiempos donde la desinformación coloniza las emociones y la ansiedad nubla el horizonte, mirar al pasado con lucidez puede ser el primer paso para reimaginar el futuro. Porque el que recuerda, resiste. Y quien recuerda con otros, reconstruye.

Mario López Ayala is a senior Mexican journalist, geopolitical analyst, and applied psychologist at Phoenix24. His multidisciplinary work bridges strategic intelligence, cyber-warfare, and AI governance with behavioral insight and mental health. As an international speaker and strategic profiler, he has contributed to global forums on democracy, cognition, and digital disruption. Known for decoding power and perception, López Ayala explores narrative manipulation, societal resilience, and global security in the digital age. He is an active member of the United Communicators Organization of Sinaloa (OCUS).

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